La mandarina rebelde - un cuento de Carmen Miguel


Un mandarino vivía en el patio de Juana, silencioso, fragante.

En los momentos de mirar ese ramo florecido de azahares, la niña lo observaba embelesada, era suyo, había crecido con ella, reinaba como el lugar obligado para todos los animales con alas.

Cuántas veces se imaginó pajarito que se mete profundo entre las ramas, un mundo de calles verdes, un parque de flores blancas, caminos de lunares anaranjados.

Seguía la transformación de su mandarino cada estación. Él le marcaba los tiempos.

Primero las flores blancas, los frutos pequeños, después más grandes, muy verdes al principio, poco verdes, un poco amarillos luego y al fin el color más lindo para Juana: el naranja de sus mandarinas.

Amaba el árbol de mandarinas, le dedicaba interminables monólogos, le contaba todos sus secretos.

Cierta tarde, un aroma volátil muy penetrante partía desde el árbol. Los frutos estaban ya maduros, herméticos globos llenitos de jugo agrio y dulce. ¡Qué delicia!

Un murmullo raro, un murmullo como canto suave se oía bajo las ramas. Juana, en una de sus idas y vueltas por el patio, notó el perfume y el murmullo. Se acercó con cuidado. Lo que vio y escuchó era imposible de creer. Finalmente se tranquilizó y se ubicó cómoda para intervenir en algo extraño que estaba ocurriendo en el interior de su mandarino.

Cada fruta era una boquita naranja que protestaba.

-¿Qué pasa? - preguntó Juana.

La más grande y gritona de las mandarinas logró imponerse a las demás y explicó con voz nerviosa en sus labios de gajos:
-Allí arriba tenemos una hermana rebelde, no quiere madurar.

-¿Cómo no quiere madurar? - preguntó la niña.

-Claro... dice que...

-A ver, hablá vos, verdecita - pidió Juana.

-En primer lugar - dijo muy segura - me gusta mi vestido cáscara verde, me gusta mi perfume verde y además no quiero que me comas cuando me ponga rechoncha y anaranjada.

¡Las demás protestaron tanto! Algunas caían al suelo muy enojadas.

La más madura de todas dijo:

-Somos flores, somos verdes, somos anaranjadas de pulpa y jugo rico, después nos volvemos flores, frutas de gajos jugosos y así seguimos. Nuestro padre, el mandarino, nos protege. Volvemos siempre mandarinas.

-Tenés razón. - opinó Juana - Vamos a solucionar este problema.

Y preguntó:

- ¿Qué deciden si verde no quiere anaranjarse?

-Si es así, la desterramos, no la queremos con nosotras - decían todas juntas.

Verde aceptó el destierro y preguntó después:

-¿Me querés verde, Juana?

Como respuesta, Juana la tomó en sus manos, la arrancó con suavidad, la llevó y depositó en su mesa de luz. Desde allí Verdecita, contenta, aromó el cuarto de su amiga.

No maduró, con el tiempo se secó, verde y muy arrugadita.

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Carmen Miguel
Reside en Esquel desde 1960.
Se jubiló de maestra bibliotecaria en 1986.

** Fin ***

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