08 ¡Bienvenido al País de Dientileche!

Un globo gigante rodeado de luces que parpadeaban recibió a Fito en el País de Dientileche.


Sorprendió al niño lo que estaba escrito allí:

¡BIENVENIDO,
DIENTILECHE
FITO!

¿Cómo sabía el globo que él se llamaba Fito?

Pero lo que ocurrió después casi lo hace caer de espaldas. ¡El globo le sonrió! Y, aunque no lo quieran creer, ¡también le habló!

-“Sigue por el camino de siete colores.” – le dijo el globo con voz muy dulce y afectuosa. Y eso hizo Fito que se quedó con ganas de preguntarle cómo sabía su nombre.

De repente, esa alfombra de luces multicolores lo dejó ante un portal que se veía como la entrada a una cuevita. Allí lo recibió una hermosa y alegre chica con ropas de payaso, nariz redonda y roja, y una enorme boca sonriente con labios pintados del mismo color. Sus dientes eran blancos y brillantes como si fueran perlas de un maravilloso collar.

Pero Fito notó algo raro en ella. Su cabeza tenía forma de diente y estaba coronada por un sombrero payasesco de tres colores, rojo, amarillo y azul, que terminaba en un gran pompón blanco. Además usaba grandes anteojos y de su cuello colgaba uno de esos aparatos que el niño había visto que usaba su médico para escuchar los latidos de su corazoncito. Lo llamaban algo así como “estetoscopio”.

-“¡Hola, dientileche Fito! Soy tu amiga Endotelina.” – le dijo ella mientras se movía graciosamente.

Fito la miró con curiosidad. Había algo que no comprendía.

-“¿Eres una payasa o eres una médica?” – se animó tímidamente a preguntarle.

Ella le aclaró su duda.

-“Ambas cosas. Soy una Payamédica, y tu sonrisa es mi fortaleza.”

07 Atravesando el Arco Iris

El tic-tac del reloj y el palpitar agitado del corazón de Fito eran una misma sinfonía en la oscuridad de su dormitorio, solamente iluminado por la luz de una inmensa Luna entrando por la ventana.


Fito se movía de aquí para allá en su cama. Estaba impaciente por la llegada del nuevo día que venía asomándose. Hasta que un sol radiante lo despertó.

De repente, dio un gran salto desde su cama. Apresuradamente cepilló sus dientes y se vistió. Tomó la nota en papel de queso que le dejó su amigo ratón y siguió las indicaciones tal cual decía esa hermosa letra ratonesca.

Temía olvidar algo, así que leyó la nota nuevamente y se dijo:

“Ya está. Sólo falta que salga el arco iris.”

Pero todavía no eran las 12 horas en punto, como indicaba la nota. De repente:

“¡Ahí está! ¡Ahí está!” – comenzó a gritar Fito. Un brillante y majestuoso arco iris con forma de cuevita de ratón con los siete colores más brillantes de este mundo estaba ante los ojos asombrados de Fito.

“Pérez me dijo que lo mire. Así lo haré.”

Cada vez más abría sus ojos porque temía que, como era él tan chiquito, el arco iris no lo viese. Pero no fue así. Mágicamente Fito, montado en la almohada que tenía firmemente agarrada con una mano en cada una de sus “orejas”, comenzó a volar por un camino de luces de siete colores diferentes que llegaba desde el arco iris hasta él.

Así llega al mismo centro del arco iris y, atravesándolo mágicamente, aparece en otra dimensión en la que lo primero que vio fue un cartel brillante con luces titilantes en el que podía leerse:

“Bienvenido a Dientileche,
el País de los Niños”.

06 Mañana será el gran día

Pero Fito no entendía nada.
“¿Dientileche? ¿Arco iris? ¿Cajita?”

Mientras intentaba comprender y asumir todo lo que decía la nota, abre lentamente la cajita de porcelana blanca y… ¡oh! Salen volando por toda su habitación cientos de sonrisas brillantes, felices, titilantes cual lucecitas de Navidad.

Todo él estaba iluminado por sonrisas. Fito sonreía y sonreía de felicidad por toda esta experiencia que estaba viviendo. Entonces, con sumo cuidado, tomó con una de sus manitos todas las sonrisas una por una y las guardó en la cajita de porcelana blanca, que ahora era, además, mágica.

Muy emocionado se preparó para descansar. Quería que ya fuera mañana, para vivir esta aventura.

“¡Hummm! ¡Creo que esto estará muy pero muy bueno!” – se dijo.

Cepillo de dientes en mano, pijamas y pantuflas de conejo, ya listo para dormir, recordó que todos sus amigos estaban en el jardín de su casa acampando y esperando sus noticias.

Salió, les agradeció a todos por acompañarlo y les dijo sonriente:

“No tiene importancia que no haya podido ver a mi amigo el Ratón Pérez. “

Sus amigos se pusieron tristes. Pero Fito los consoló:

“Estoy feliz y ya les contaré por qué. Nunca dejen de sonreír y de soñar, amigos, porque los sueños se cumplen tarde o temprano. No estén tristes. Regálenme una sonrisa y yo les regalaré otra. Pero sin mi dientecito flojo porque mi amigo se lo llevó y en su lugar me quedó una gran ventanita.”

Entonces, todos juntos le dedicaron una amplia sonrisa a Fito, porque realmente se lo merecía. Saludaron agitando sus manos y se fueron a descansar.

Fito también lo hizo, aunque estaba expectante por la aventura que viviría al día siguiente.

05 La cajita de porcelana y la nota

Pero esta vez, ¡oh, sorpresa!, el dientecito ya no estaba debajo de su almohada. Su amado Ratón Pérez le dejó una cajita hermosa de porcelana blanca con forma de dientecito. Y no sólo eso sino también una nota.


“No sabía que los ratones iban a la escuela” – se dijo.

Cuidadosamente toma la nota primero. Estaba escrita en un fino papel de queso y temía quebrarla. Una letra de ratón hermosa y prolija sobresalía de ese mágico papel que Fito no conocía.

La nota decía:

“Querido Fito. Sé cuál es tu sueño y quiero hacértelo realidad.”

Fito cayó de la sorpresa sobre la alfombra mullida de su dormitorio y pensó:

“No sabía que era adivino también. “

Cuidadosamente retiró los pedazos de la lámpara rota y siguió leyendo.

“Sigue estas instrucciones.

Mañana a las 12 horas en punto busca la parte más suave del césped de tu jardín.

Lleva allí tu almohada y con tus dos manos, una a cada lado, toma sus puntas y mira hacia el cielo.

Verás el arco iris brillante y majestuoso como siempre, y con forma de cuevita de ratón pintada de los siete colores más refulgentes y hermosos de este mundo.

Sólo míralo, sonríele y él sabrá qué hacer.

Querido amigo Fito, ¡te espero en Dientileche!

Te quiero mucho.

Tu amigo, Ratón Pérez.

PD: Abre la cajita de porcelana blanca que te dejé como regalito y tráela contigo. Te será muy útil en Dientileche. ”

04 ¡Y, bueno, otra vez será!

Y, de repente, lo despertó un ruido muy fuerte.


¡Crack!

Era el velador de su mesa de luz que había caído al suelo, roto en cinco pedazos.

“¡Está aquí! ¡Está aquí!” – comenzó a gritar.

Eran tan, pero tan fuertes los gritos de Fito que todos los vecinos que acampaban en su jardín también despertaron sobresaltados.

Fito estaba tan, pero tan feliz porque su amigo lo estaba visitando que cantaba y gritaba de alegría para que todos lo oyesen y compartieran la noticia.

Cuando al fin giró su cabeza para hablar con el Ratón, éste había desaparecido, rápido como un rayo. (Porque los rayos son muy rápidos, ¿sabías?)

“¡Y, bueno! ¡Otra vez será!” – se dijo sonriendo. - “Tendrá mucho trabajo hoy en el mundo, visitando más niñitos. ¡Él es de todos, no sólo mi amigo! Y yo sé compartir. Pronto se me caerá otro dientecito, y esta vez sí podré hacerle la gran pregunta.”

Se acercó tímidamente a su almohada para retirar, como muchas otras veces, el regalito que sabía le había dejado su amigo Ratón.

Pero eso no era lo que más le interesaba. Lo que sí quería saber de la propia boca ratonesca:

¿Qué hace el Ratón Pérez
con los dientecitos
de todos los niños del mundo?

03 ¡A Fito se le cayó el dientecito!

Los días seguían pasando, y toda la ciudad estaba pendiente de la caída del dientecito de Fito.


Tenían miedo de que ese niñito de la dulce sonrisa se cansara y entristeciera en la espera. Los vecinos estaban expectantes. Extrañaban la alegría que todos sentían cada vez que a Fito se le caía un dientecito.

Era una verdadera fiesta en la ciudad cuando Fito salía a la calle y se escuchaban sus gritos de júbilo diciendo a viva voz:

“¡Mamá, Papá, abuelitos, vecinos, cartero, panadero, almacenero,…! ¡Se me cayó otro dientecito! ¡La lá, la lá, la lá!”

Todos juntos, como buenos vecinos, llegaban a su casa a compartir la alegría por el futuro dientecito que nacería pronto, y a admirar de cerca el brillo del recién caído.

¡Jamás nadie había visto algo igual!

Llegó el gran día. Como ésos que ya habían vivido antes. El dientecito flojo de Fito, cayó.

¡La fiesta llegaba nuevamente a la ciudad!

“A Fito se le cayó el dientecito” – decía cada uno a su vecino.

Todos ellos sabían que el gran sueño de Fito estaba por hacerse realidad.

“¡Hoy podrás ver al Ratón Pérez, quien resolverá de una vez por todas esa gran duda que tienes! Acamparemos en tu jardín para compartir la alegría cuando te dé la respuesta tan soñada!”

Eso le decían, aunque en realidad nadie creía que justamente al gran Ratón Pérez, que nos visita a todos cuando somos niños y al cual nunca vimos, tuviera Fito el privilegio de conocerlo personalmente.

Por más que el sueño lo vencía, el niño procuraba no dormirse. Sus ojos, cada vez más pequeñitos, trataban de cerrarse. Se abría uno, se cerraba el otro, hasta que ¡pum!... ¡se quedó dormido!