03 ¡A Fito se le cayó el dientecito!

Los días seguían pasando, y toda la ciudad estaba pendiente de la caída del dientecito de Fito.


Tenían miedo de que ese niñito de la dulce sonrisa se cansara y entristeciera en la espera. Los vecinos estaban expectantes. Extrañaban la alegría que todos sentían cada vez que a Fito se le caía un dientecito.

Era una verdadera fiesta en la ciudad cuando Fito salía a la calle y se escuchaban sus gritos de júbilo diciendo a viva voz:

“¡Mamá, Papá, abuelitos, vecinos, cartero, panadero, almacenero,…! ¡Se me cayó otro dientecito! ¡La lá, la lá, la lá!”

Todos juntos, como buenos vecinos, llegaban a su casa a compartir la alegría por el futuro dientecito que nacería pronto, y a admirar de cerca el brillo del recién caído.

¡Jamás nadie había visto algo igual!

Llegó el gran día. Como ésos que ya habían vivido antes. El dientecito flojo de Fito, cayó.

¡La fiesta llegaba nuevamente a la ciudad!

“A Fito se le cayó el dientecito” – decía cada uno a su vecino.

Todos ellos sabían que el gran sueño de Fito estaba por hacerse realidad.

“¡Hoy podrás ver al Ratón Pérez, quien resolverá de una vez por todas esa gran duda que tienes! Acamparemos en tu jardín para compartir la alegría cuando te dé la respuesta tan soñada!”

Eso le decían, aunque en realidad nadie creía que justamente al gran Ratón Pérez, que nos visita a todos cuando somos niños y al cual nunca vimos, tuviera Fito el privilegio de conocerlo personalmente.

Por más que el sueño lo vencía, el niño procuraba no dormirse. Sus ojos, cada vez más pequeñitos, trataban de cerrarse. Se abría uno, se cerraba el otro, hasta que ¡pum!... ¡se quedó dormido!

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